Editorial

Algunas palabras para recordar a Rogelio Pontón

Ivo A. Sarjanovic - 04 de Octubre de 2019
Le agradezco mucho a la Bolsa de Comercio de Rosario la invitación para escribir algunas palabras en memoria del querido e inolvidable Rogelio, con motivo del sexto aniversario de su fallecimiento.

 

Conocí a Rogelio a fines de 1982, cuando vino al Superior de Comercio para dar una charla de bienvenida para los alumnos que habíamos decidido ingresar a la Facultad de Ciencias Económicas de la UNR. Recuerdo que me deslumbró. Habló un poco de todo, realizando conexiones sorprendentes entre temas muy diversos, y encendiendo inmediatamente la llamita de la curiosidad entre todos los presentes. Cuando terminó, me acerqué a preguntarle qué libros podía leer ese verano para ir preparándome para la Universidad y anotó los siguientes títulos en un papelito: Historia del análisis económico de Joseph Schumpeter e Introducción a la economía política de Wilhelm Röpke. Al día siguiente corrí a Ross para comprarlos y así se inició una larga relación con Rogelio y con la Economía.

Volví a encontrarlo en la Facultad en 1984. El año anterior había cursado Economía 1 con otro profesor y con el libro de Samuelson y estaba completamente confundido. Así que Rogelio vino al rescate. En esa época el ya no podía enseñar en público por decisión de Franja Morada y entonces se convirtió en una especie de tutor particular, siempre disponible para los que lo visitábamos en su oficina del Departamento o en la Hemeroteca donde habitualmente lo encontrábamos leyendo las últimas novedades.  Estudiamos macro y microeconomía y descubrimos a la Escuela Austríaca y a autores como Mises y Hayek que nos permitieron apreciar una manera muy original y diferente de entender al mercado. También leíamos a economistas de otras escuelas para ir comparando los diferentes enfoques. Pontón nos insistía que leyéramos todas las posturas, sin dogmatismos. Rogelio tenía un maletín que parecía mágico porque de ahí iban saliendo, siempre impecables, todos los libros que él iba citando. 

Ese vínculo de profesor-alumno fue gradualmente evolucionando hacia una relación de amistad que se fue afianzando año tras año. Las cenas de los jueves en el Colegio de Escribanos y los viajes mensuales a ESEADE en Buenos Aires para participar en seminarios de investigación son recuerdos imborrables. Durante esas cenas Rogelio nos seguía formando, adoptando generalmente las posiciones ideológicas más inverosímiles para forzarnos a pensar de manera crítica, sin que caigamos en los fanatismos propios de nuestra edad. Así que una noche podía sorpresivamente ser keynesiano y otra noche marxista, con el objetivo de desafiar nuestras ingenuas certezas de juventud. Pero no siempre hablábamos de economía. Por la mesa desfilaban temas de todo tipo, supuestamente inconexos, excepto para Rogelio que los vinculaba de forma magistral: los debates entre ciencia y fe, episodios de la historia argentina, los manuscritos del Mar Muerto, la hidrovía y el calado del Paraná, la mecánica cuántica y los nuevos autores que iba descubriendo y cuyos libros leía con voracidad.

En 1988 y 1989 trabajé como su asistente en el Departamento de Investigaciones de la Bolsa. La Argentina se debatía entre la alta inflación y la hiper. Rogelio llegó una mañana a la oficina y luego de analizar el Balance del Banco Central garabateó en una hoja de papel lo que luego sería el Plan de Convertibilidad. Para Rogelio la inflación era un problema de origen monetario, pero eminentemente moral que iba minando gradualmente las instituciones. Por eso le había dedicado mucho tiempo a su estudio y tuvo esa intuición genial, cuando todavía nadie hablaba de esa propuesta. 

Pontón debatía sobre temas monetarios, de igual a igual, con Julio Olivera, quizás el economista académico más prestigioso de la historia argentina y conversaba de física con Mario Castagnino, un científico rosarino de renombre mundial. Pero nunca se agrandaba. Rogelio era una persona profundamente modesta y humilde, que se preocupaba siempre por la gente que lo rodeaba. 
A pesar de mi traslado a Ginebra, la relación siempre se mantuvo, por teléfono, por email y las visitas anuales a la Bolsa. ¡En su oficina mis hijos descubrieron lo que era una máquina de escribir!

Su actividad docente fue incansable. Por eso creo que no hay mejor homenaje que haberle puesto su nombre a la nueva sala de capacitación en la Bolsa.

Hoy discípulos suyos enseñan en casi todas las Facultades de Rosario. 

Un par de veces al año se organizan seminarios de investigación donde debatimos algunos de los temas que lo apasionaban, así la antorcha de sus múltiples curiosidades sigue encendida.

Es una pena que no haya escrito más libros. Creo que su amor por la lectura no le dejaba tiempo suficiente. 

Es una lástima que se haya ido tan temprano. Su experiencia sería muy valiosa en esta Argentina, siempre convulsionada.

Rogelio fue como un padre intelectual para mí. Lo extraño y le estaré siempre agradecido por todo lo que me enseñó. Pero no sólo por los conceptos, las teorías y los modelos, sino más que nada por su ejemplo de hombre de bien. 

¡Gracias MAESTRO!