Internacional

Fin de la Guerra Fría, guerras civiles y el liderazgo de Estados Unidos en el sistema internacional

Ana Karen Amezcua Contreras - 19 de Mayo de 2021
Un sistema unipolar se consolida cuando un Estado es tan poderoso que no es posible que se conforme una coalición o poder contrahegemónico exitoso.

 

Después de la disolución de la Unión Soviética, se reconfiguró la distribución de poder en el sistema internacional.  Estados Unidos se instaló como la potencia hegemónica, dejando atrás la bipolaridad que caracterizó la confrontación ideológica de la Guerra Fría. Un sistema unipolar se consolida cuando un Estado es tan poderoso que no es posible que se conforme una coalición o poder contrahegemónico exitoso. Su posición privilegiada es lo que garantiza su seguridad nacional, ya que, al tener bajo su control una cantidad desproporcionada de recursos políticos, económicos y militares, ningún otro actor le representa una amenaza verdadera. Durante este periodo unipolar, Estados Unidos impulsó una estrategia centrada en su liderazgo en cuatro áreas centrales del sistema internacional: preponderancia militar, creación de alianzas, integración de otros Estados a los mercados y a las instituciones diseñadas por él, y la no proliferación nuclear.

A principio de la década de 1990, Estados Unidos contaba con un exceso de recursos económicos debido a que ya no tenía la necesidad de destinarlos a su lucha contra el comunismo, por lo que pudo diversificar su agenda de política exterior para combatir nuevos riesgos en el escenario internacional. Washington se dedicó a reorganizar las alianzas militares que había creado durante la Guerra Fría y a integrar a los recién conformados países exsoviéticos bajo su paraguas nuclear. La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) fue creada con la finalidad de impedir la expansión del comunismo. Cuando se desintegró la Unión Soviética, la Organización logró su principal cometido, por lo que era posible que Estados Unidos decidiera ponerle fin a esa alianza militar. Sin embargo, no solo no despareció, sino que sus funciones aumentaron para incluir novedosos problemas mundiales. Algunas de las misiones de la OTAN atendieron problemáticas que ya existían en décadas anteriores, pero que no fueron incluidas en la lista de prioridades estadounidenses durante la Guerra Fría; otras se encargaron de aminorar problemas generados por el proceso de globalización. Actualmente, los principales ejes de la Organización se centran en el combate al terrorismo, la protección de poblaciones contra desastres naturales, tecnológicos o humanitarios, y el control de armamento, el desarme y la no proliferación nuclear.

Tras el fin de la Guerra Fría, disminuyeron las probabilidades de confrontación entre Estados, sin embargo, aumentaron los conflictos internos en países con gran inestabilidad política, social y económica. Estados Unidos ha desempeñado un papel importante en su estabilización. Por un lado, debido a que forma parte de los objetivos de su agenda liberal ⸺el impulso de los derechos humanos, los sistemas democráticos y el Estado de derecho⸺ y, por el otro, porque se alinea con su enfoque realista de política exterior. Para Estados Unidos se vuelve prioritaria la renovación de Estados débiles o fallidos que han sido azotados por guerras civiles, ya que le preocupa que los problemas internos de otros países puedan repercutir en la seguridad internacional y en sus propios intereses. Según Melvin Small y David Singer, las guerras civiles se diferencian de otros tipos de conflicto armado porque el gobierno se enfrenta directamente contra un grupo rebelde dentro del territorio nacional. Para que un conflicto interno pueda ser considerado como guerra civil ambas partes deben tener motivaciones políticas, estar militarmente organizadas y tener la capacidad de resistir efectivamente. El costo humano de las guerras civiles es alto para sus ciudadanos, así como para la comunidad internacional, por lo que Estados Unidos ha intervenido en múltiples ocasiones para aminorar sus estragos (Afganistán, Congo, Liberia, Libia, Siria, Somalia, Yemen y Yugoslavia).

En el periodo bipolar, las guerras civiles terminaban, por lo general, con la victoria militar de una de las partes. Esto cambia en el periodo unipolar, ya que su carácter democrático promovió que las guerras civiles concluyeran en negociaciones. Según Lisé Morjé y Alexandra Stark, los actores externos tienen gran capacidad para determinar el desenlace de conflictos internos. A pesar de ello, las intervenciones estadounidenses en guerras civiles han sido poco exitosas para lograr sus propósitos de democratización en el largo plazo. Michael J. Mazarr considera que, para lograr cambios duraderos, Estados Unidos debe disminuir el número de misiones militares que tiene en el mundo y otorgarle un papel protagónico a las poblaciones y a los gobiernos de dichos países para la solución de sus problemas. La construcción de Estados no puede lograrse de manera sostenible mediante imposiciones extranjeras. La intervención en Irak de 2003, liderada por Estados Unidos, es un ejemplo claro en el que la intromisión de actores externos en los asuntos internos de otros Estados tuvo repercusiones severas en su organización social y en su desarrollo económico, agravando problemas estructurales de corrupción, desempleo y violencia que venían de décadas atrás. Con el apoyo necesario, las instituciones locales tienen la capacidad de contribuir a su propia estabilidad política y su desarrollo económico. Estados Unidos debe auxiliar, mediante capacitaciones de personal, relaciones basadas en la cooperación, el intercambio económico e intelectual, y la ayuda monetaria, entendiendo que es un proceso gradual que debe atender a las necesidades particulares de cada región.

Después de décadas de liderazgo, el papel de Estados Unidos como líder del orden liberal internacional fue cuestionado por el gobierno saliente y sus ciudadanos. El expresidente Donald Trump fomentó políticas aislacionistas para evadir los compromisos globales que Estados Unidos ha contraído con organismos multilaterales. Los ciudadanos estadounidenses cada vez son más conscientes de los altos costos económicos y humanos que involucran estas misiones militares en el extranjero y, además, hay un desencanto con la democracia causado por los fracasos en el Medio Oriente. Ahora más que nunca será difícil que los políticos privilegien las intervenciones en el extranjero, cuando la pandemia de covid-19 ha evidenciado que hay grandes problemas internos que deben atenderse inmediatamente antes de pensar en solucionar problemas ajenos. Las decisiones de política exterior que tome el presidente Joseph R. Biden serán determinantes para saber si Estados Unidos retomará su liderazgo o si será China quien impulse su posición mediante una mayor participación en asuntos internacionales. De cualquier manera, Estados Unidos ya no es la única potencia hegemónica del sistema internacional; hay un retorno hacia la bipolaridad, pero, esta vez, la competencia es entre China y Estados Unidos.